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martes, 11 de mayo de 2010
Madres mexicanas... Antes de ser madre, eres mujer
Un embarazo creará una vida pero transformará, cuando menos, dos más: las de la pareja que ahora serán madre y padre de quien está por nacer, y en esa medida marca un antes y un después que dura el resto de la vida.
Para las mujeres, sin embargo, el asunto puede ser un problema cuando hemos crecido con la idea de que algún día seremos la esposa de un marido y la madre de nuestros hijos, como si éstos fueran los valores o destinos únicos. Esperamos muchas veces completarnos con una media naranja o ser rescatadas por un príncipe azul. Jugamos con muñecas que comen, lloran, caminan y a las que aprendemos a alimentar, cuidar y vestir para algún día dejar de jugar y convertirnos de hecho, en lo que era una especie de curso propedéutico.
Sin darnos cuenta y sin reparar mucho en costumbres, tradiciones y roles de vida, estos juegos se convierten en obstáculos que no permiten plantear “la otra forma de vida” porque, justamente, nos fragmentan y nos hacen creer que algunas partes del todo que somos (como ser mamás) son más importantes que otras (como ser mujeres y/o licenciadas y/o pareja/ y/o familia) y que si no nos avocamos a ello estamos “defraudando” al mundo.
Pensemos. En realidad una mujer-madre que se viva sin el ánimo de seguir adelante porque ya sus hijos no la necesitan, seguramente nunca se atrevió a vivir su propia vida y vivió solamente la cara de mamá arrinconando la de la mujer en el olvido.
Como mujer, busca tu propia identidad y haz de los roles (madre, esposa, hija, hermana…) complementos de lo que en totalidad eres tú. No somos solo una parte y somos mucho más que la suma de las partes.
Ser una madre plena, requiere en primer lugar, ser una mujer, un individuo lo más completo, satisfecho y gozoso de sí que te sea posible y es, además, la mejor garantía de cambio, pues serás ejemplo para otras mujeres (tus hijas, tus hermanas y amigas) y también de los hombres (tus hijos que un día buscarán pareja), sobre cómo es posible vivir en armonía y con respeto hacia todos; empezando por ti.
viernes, 30 de abril de 2010
¡Recupera a la niña que tienes dentro!
En nuestros recuerdos siempre habrá un lugar al que podamos regresar y revivir momentos maravillosos y disfrutables.
Lo cotidiano y rutinario nos consume con tal velocidad que un buen día nos detenemos, volteamos hacia atrás y nos cae como balde de agua fría ver que han pasado años y años, que ya no somos las niñas que fuimos y que, de hecho, ahora son nuestros niños los que nos buscan a nosotras para jugar y vivir…
¿A qué jugabas de niña? ¿Cuáles eran tus sueños y tus ideales? ¿Puedes escuchar esa vocecita que te habla de que no deberías olvidarte de ti misma?
Viajemos en el tiempo para recordar y regocijarnos de aquellos momentos maravillosos. Al día a día agreguemos pequeños detalles de aquellos tiempos y reconozcamos en nosotras a esa niña que sigue dentro, esperando con paciencia el momento de hacerse presente en nuestra existencia, para revivir nuestros deseos; jugar, disfrutar y tomar la vida como una experiencia llena de luces y de colores que nos hagan sentir plenas y maravillosas.
Cierra los ojos para viajar a aquella infancia, sólo por el gusto de dedicarte unos minutos de todo tu día para ti y reencontrarte con la mujer extraordinaria que eres cuando vuelves a abrirlos, porque puedes verte con todos los logros que has conseguido y tienes en cuenta todos los que vienen. Porque eres ahora una mujer que va hacia donde quiere ir y toma sus propias decisiones; enfrentas tus errores y aprendes de ellos: igual que cuando eras niña, si te caes y te lastimas, lloras y duele, pero siempre te levantas.
Apapáchate y cuida de ti como lo harías con cualquier niña que estuviera a tu cuidado. No la abandones ni le mientas, no le des la espalda nunca y mírala siempre con todo el respeto que se merece. ¡Tú eres tu niña!
Si hoy, frente a tu mirada encuentras la de tus hijos, bríndales todo el amor y la confianza de que eres capaz. Que vean en ti la capacidad de salir adelante, lejos de un ambiente temeroso, resentido o agresivo. Dales el hogar libre de violencia que siempre has querido para ti misma y juega cuanto puedas con ellos. Disfruta su presencia y no permitas que la presión cotidiana gane la batalla y abra paso al mal humor, el enojo o la frustración. Ofréceles la seguridad de estar a su lado y también déjales saber lo importantes que son para ti. Tú eres responsable de que la otra forma de vivir: sin violencia, sea una realidad para ellos.
Disfruta de tu día, sigue siendo siempre la niña que sonríe para iluminar el cielo de quienes la rodean, y si en tus ojos una lágrima se asoma, déjala fluir, no la escondas ni la borres: siéntela y abrázate; pero asegúrate de recuperar rápidamente a la niña entusiasmada por la vida.
Lo cotidiano y rutinario nos consume con tal velocidad que un buen día nos detenemos, volteamos hacia atrás y nos cae como balde de agua fría ver que han pasado años y años, que ya no somos las niñas que fuimos y que, de hecho, ahora son nuestros niños los que nos buscan a nosotras para jugar y vivir…
¿A qué jugabas de niña? ¿Cuáles eran tus sueños y tus ideales? ¿Puedes escuchar esa vocecita que te habla de que no deberías olvidarte de ti misma?
Viajemos en el tiempo para recordar y regocijarnos de aquellos momentos maravillosos. Al día a día agreguemos pequeños detalles de aquellos tiempos y reconozcamos en nosotras a esa niña que sigue dentro, esperando con paciencia el momento de hacerse presente en nuestra existencia, para revivir nuestros deseos; jugar, disfrutar y tomar la vida como una experiencia llena de luces y de colores que nos hagan sentir plenas y maravillosas.
Cierra los ojos para viajar a aquella infancia, sólo por el gusto de dedicarte unos minutos de todo tu día para ti y reencontrarte con la mujer extraordinaria que eres cuando vuelves a abrirlos, porque puedes verte con todos los logros que has conseguido y tienes en cuenta todos los que vienen. Porque eres ahora una mujer que va hacia donde quiere ir y toma sus propias decisiones; enfrentas tus errores y aprendes de ellos: igual que cuando eras niña, si te caes y te lastimas, lloras y duele, pero siempre te levantas.
Apapáchate y cuida de ti como lo harías con cualquier niña que estuviera a tu cuidado. No la abandones ni le mientas, no le des la espalda nunca y mírala siempre con todo el respeto que se merece. ¡Tú eres tu niña!
Si hoy, frente a tu mirada encuentras la de tus hijos, bríndales todo el amor y la confianza de que eres capaz. Que vean en ti la capacidad de salir adelante, lejos de un ambiente temeroso, resentido o agresivo. Dales el hogar libre de violencia que siempre has querido para ti misma y juega cuanto puedas con ellos. Disfruta su presencia y no permitas que la presión cotidiana gane la batalla y abra paso al mal humor, el enojo o la frustración. Ofréceles la seguridad de estar a su lado y también déjales saber lo importantes que son para ti. Tú eres responsable de que la otra forma de vivir: sin violencia, sea una realidad para ellos.
Disfruta de tu día, sigue siendo siempre la niña que sonríe para iluminar el cielo de quienes la rodean, y si en tus ojos una lágrima se asoma, déjala fluir, no la escondas ni la borres: siéntela y abrázate; pero asegúrate de recuperar rápidamente a la niña entusiasmada por la vida.
lunes, 26 de abril de 2010
Nuestros niños cambiando su mundo
Algunas veces tratamos de escudar nuestras acciones y cargamos a otros lo que en realidad es nuestra responsabilidad. Pensar que los niños o los jóvenes son el futuro y que en sus manos estarán los cambios que tanto anhelamos nosotros los adultos, es una forma de evadir la propia responsabilidad.
Si bien es cierto que los niños demuestran mayor ilusión para construir un mundo mejor, somos nosotros los adultos quienes los estamos educando y quienes les proveemos de la seguridad o de la apatía que reflejen -y de hecho vivan- al crecer y convertirse en los adultos del mañana.
Papás y mamás que agreden, abandonan o son indiferentes con sus hijos, sobreprotectores, permisivos o sumisos, transmiten sus miedos y, de igual forma, la angustia ante la vida y la falta de compromiso consigo mismos y con los demás, generándose así un círculo perverso muy difícil de romper.
En un hogar donde la agresión y la violencia son los estímulos que rodean a la familia, podemos asegurar que se desarrollarán también el miedo y el ataque como formas de interacción a futuro. Pero ahí, donde el respeto y la responsabilidad son raíces, se pueden establecer generaciones de jóvenes que crezcan con la convicción de que una vida libre de violencia sí es posible.
Para que nuestros niños logren cambiar su mundo, tenemos que ser nosotros un ejemplo a seguir, impidiendo que situaciones como la intimidación y la trasgresión de valores sean una constante. La violencia doméstica no es un escenario que pueda verse como algo normal, no debe estar presente y mucho menos ser un modelo en la vida de los niños.
Ser parte de una sociedad libre de violencia empieza por cada uno de nosotros y se expande hacia todos los que nos rodean. Demos a nuestros niños la oportunidad de reconocer en sus mayores, personas en las que puedan confiar y creer, para que, entonces sí, lleguen a ser los hombres y mujeres que, igual que nosotros, sigan cambiando al mundo.
Si bien es cierto que los niños demuestran mayor ilusión para construir un mundo mejor, somos nosotros los adultos quienes los estamos educando y quienes les proveemos de la seguridad o de la apatía que reflejen -y de hecho vivan- al crecer y convertirse en los adultos del mañana.
Papás y mamás que agreden, abandonan o son indiferentes con sus hijos, sobreprotectores, permisivos o sumisos, transmiten sus miedos y, de igual forma, la angustia ante la vida y la falta de compromiso consigo mismos y con los demás, generándose así un círculo perverso muy difícil de romper.
En un hogar donde la agresión y la violencia son los estímulos que rodean a la familia, podemos asegurar que se desarrollarán también el miedo y el ataque como formas de interacción a futuro. Pero ahí, donde el respeto y la responsabilidad son raíces, se pueden establecer generaciones de jóvenes que crezcan con la convicción de que una vida libre de violencia sí es posible.
Para que nuestros niños logren cambiar su mundo, tenemos que ser nosotros un ejemplo a seguir, impidiendo que situaciones como la intimidación y la trasgresión de valores sean una constante. La violencia doméstica no es un escenario que pueda verse como algo normal, no debe estar presente y mucho menos ser un modelo en la vida de los niños.
Ser parte de una sociedad libre de violencia empieza por cada uno de nosotros y se expande hacia todos los que nos rodean. Demos a nuestros niños la oportunidad de reconocer en sus mayores, personas en las que puedan confiar y creer, para que, entonces sí, lleguen a ser los hombres y mujeres que, igual que nosotros, sigan cambiando al mundo.
martes, 13 de abril de 2010
Hereda respeto... Rompe patrones de crianza
Quizá una de las tareas más difíciles que nos toca realizar en la vida sea la de criar y educar a nuestros hijos. La mayor parte de la educación, se hace de una forma intuitiva partiendo de los modelos y esquemas que cada uno obtuvo de sus padres y familiares en general; sucede en el día a día, sin pensar mucho en algunos detalles que en realidad son fundamentales.
La educación basada en los roles de género (lo que te toca hacer por ser niño o niña) es, en principio, un patrón que se aplica generación tras generación a prácticamente todos.
Hoy, la realidad nos enfrenta a situaciones de vida en que los nuevos roles ya no se acoplan a los patrones anteriores. Por ejemplo, la idea de actividad de uno y pasividad de la otra ya no es aplicable. Poco a poco el rol de la mujer se ha establecido hacia la igualdad en cuanto a la actividad, económica, social y política, entre muchas otras, y estos cambios logrados (no con facilidad, por cierto) representan también cambios en el desarrollo de su papel en pareja y en familia.
Del mismo modo, para los hombres hoy en día, la idea de su propio papel a desarrollar se ha visto modificada y puede no resultar tan clara. La expresión de este conflicto puede llevar a un tipo de agresión que nace de la inseguridad y del desconocimiento sobre el nuevo rol como pareja y/o padre.
Romper con los patrones de crianza nos lleva a replantearnos una vida a través de los valores de igualdad, respeto y responsabilidad aplicados dentro del ambiente familiar, donde las tareas se compartan y se disfrute de la comunicación.
Trabajemos por un ambiente en el que hablar, discutir, establecer límites y negociar sean las tareas cotidianas en las que todos y cada uno se esfuercen por mantener.
Puede resultar cómodo seguir educando como fuimos educados, desde el control, la amenaza, el miedo o el autoritarismo puro: “por que lo digo yo”. Y escudarnos diciendo que gracias a como fuimos educados “hemos logrado ser lo que somos”, pero siempre es posible mejorar. Siempre será posible la otra forma de vida en la que no sea cuestión de ejercer el poder sobre los otros sino cultivar la seguridad y el crecimiento de todos en una vida sin violencia.
La educación basada en los roles de género (lo que te toca hacer por ser niño o niña) es, en principio, un patrón que se aplica generación tras generación a prácticamente todos.
Hoy, la realidad nos enfrenta a situaciones de vida en que los nuevos roles ya no se acoplan a los patrones anteriores. Por ejemplo, la idea de actividad de uno y pasividad de la otra ya no es aplicable. Poco a poco el rol de la mujer se ha establecido hacia la igualdad en cuanto a la actividad, económica, social y política, entre muchas otras, y estos cambios logrados (no con facilidad, por cierto) representan también cambios en el desarrollo de su papel en pareja y en familia.
Del mismo modo, para los hombres hoy en día, la idea de su propio papel a desarrollar se ha visto modificada y puede no resultar tan clara. La expresión de este conflicto puede llevar a un tipo de agresión que nace de la inseguridad y del desconocimiento sobre el nuevo rol como pareja y/o padre.
Romper con los patrones de crianza nos lleva a replantearnos una vida a través de los valores de igualdad, respeto y responsabilidad aplicados dentro del ambiente familiar, donde las tareas se compartan y se disfrute de la comunicación.
Trabajemos por un ambiente en el que hablar, discutir, establecer límites y negociar sean las tareas cotidianas en las que todos y cada uno se esfuercen por mantener.
Puede resultar cómodo seguir educando como fuimos educados, desde el control, la amenaza, el miedo o el autoritarismo puro: “por que lo digo yo”. Y escudarnos diciendo que gracias a como fuimos educados “hemos logrado ser lo que somos”, pero siempre es posible mejorar. Siempre será posible la otra forma de vida en la que no sea cuestión de ejercer el poder sobre los otros sino cultivar la seguridad y el crecimiento de todos en una vida sin violencia.
viernes, 29 de enero de 2010
La voz de una...
Escucharás muchas voces que te cuenten historias de vidas que han dejado atrás; historias de dolor, humillaciones, amargura y vergüenza. Abre tus oídos y escucha la voz de todas las mujeres cuya vida ha cambiado y hoy son parte de la otra forma de vivir.
Adriana ha comenzado su segundo matrimonio y vive hoy una historia sin violencia y sin agresiones; feliz, confiada y en plenitud, pero no siempre fue así. Durante más de ocho años su vida fue como una pesadilla interminable y, cuando despertaba de sus sueños intranquilos, sus ojos se abrían sin más brillo que el de las lágrimas. Deseaba en esos momentos que se cerraran más rápido que pronto y evitar así, un episodio más de tristeza y desamparo. Sus días transcurrían entre los intentos por evadir su realidad y los dolores del cuerpo y del alma ocasionados por Miguel, su ex esposo.
Para Adriana no fue fácil buscar soluciones. Había momentos en los que parecía preferir quedarse al lado del causante de su desdicha. Todo con tal de no quedarse sola, pues consideraba que sería incapaz de hacerse cargo de sí misma y, bien que mal, siempre había sobrevivido hasta las peores peleas. Ella pensaba que Miguel cambiaría por que él así se lo prometía, cada vez con más fuerza -comparable a la misma utilizada en el último golpe o en el último grito-.
La información que Adriana escuchaba o leía sobre violencia doméstica –aparentemente- no la registraba, incluso ella misma llegó a informar a una sobrina sobre los lugares que ofrecen ayuda y atención a víctimas de violencia doméstica pero, si alguna amiga intentaba que Adriana se diera cuenta de las semejanzas con su propia historia, ella solía responder que no era así, que a ella nunca la habían tenido que llevar a un hospital o nunca había terminado con un hueso roto.
Al paso de esos ocho años, Adriana fue tomando conciencia del peligro al que se enfrentaba día a día, ya fuera por el apoyo que Leticia, su mejor amiga y Sofía, su hermana le dieron o, por la necesidad de ponerse a salvo, una especie de fuerza interna iba anidando en su interior hasta que, un día -el menos pensado- decidió ponerse a salvo. Buscó a las personas adecuadas y se informó de todo aquello que debería hacer para proceder y denunciar el maltrato, recuperando con ello la confianza en sí misma, descubriéndose valiosa, inteligente y capaz de tomar decisiones.
Es verdad que en la vida de Adriana hubo muchos días en que las sombras pesimistas rondaban su mente con la idea de no poder hacer mucho al respecto de su situación acompañándola desde el amanecer hasta conciliar el sueño por las noches, sin embargo, también es cierto que a cada nuevo amanecer, la tibieza del sol y el fresco de las mañanas tranquilas como esperanza y promesa de otra forma de vida, fueron más frecuentes hasta convertirse en una realidad cotidiana.
Cada una de nosotras podemos promover el bienestar y alzar la voz contra la violencia doméstica desde nuestro ejemplo y experiencia de vida. Seamos la voz que se alza a favor de la otra forma de vivir.
Adriana ha comenzado su segundo matrimonio y vive hoy una historia sin violencia y sin agresiones; feliz, confiada y en plenitud, pero no siempre fue así. Durante más de ocho años su vida fue como una pesadilla interminable y, cuando despertaba de sus sueños intranquilos, sus ojos se abrían sin más brillo que el de las lágrimas. Deseaba en esos momentos que se cerraran más rápido que pronto y evitar así, un episodio más de tristeza y desamparo. Sus días transcurrían entre los intentos por evadir su realidad y los dolores del cuerpo y del alma ocasionados por Miguel, su ex esposo.
Para Adriana no fue fácil buscar soluciones. Había momentos en los que parecía preferir quedarse al lado del causante de su desdicha. Todo con tal de no quedarse sola, pues consideraba que sería incapaz de hacerse cargo de sí misma y, bien que mal, siempre había sobrevivido hasta las peores peleas. Ella pensaba que Miguel cambiaría por que él así se lo prometía, cada vez con más fuerza -comparable a la misma utilizada en el último golpe o en el último grito-.
La información que Adriana escuchaba o leía sobre violencia doméstica –aparentemente- no la registraba, incluso ella misma llegó a informar a una sobrina sobre los lugares que ofrecen ayuda y atención a víctimas de violencia doméstica pero, si alguna amiga intentaba que Adriana se diera cuenta de las semejanzas con su propia historia, ella solía responder que no era así, que a ella nunca la habían tenido que llevar a un hospital o nunca había terminado con un hueso roto.
Al paso de esos ocho años, Adriana fue tomando conciencia del peligro al que se enfrentaba día a día, ya fuera por el apoyo que Leticia, su mejor amiga y Sofía, su hermana le dieron o, por la necesidad de ponerse a salvo, una especie de fuerza interna iba anidando en su interior hasta que, un día -el menos pensado- decidió ponerse a salvo. Buscó a las personas adecuadas y se informó de todo aquello que debería hacer para proceder y denunciar el maltrato, recuperando con ello la confianza en sí misma, descubriéndose valiosa, inteligente y capaz de tomar decisiones.
Es verdad que en la vida de Adriana hubo muchos días en que las sombras pesimistas rondaban su mente con la idea de no poder hacer mucho al respecto de su situación acompañándola desde el amanecer hasta conciliar el sueño por las noches, sin embargo, también es cierto que a cada nuevo amanecer, la tibieza del sol y el fresco de las mañanas tranquilas como esperanza y promesa de otra forma de vida, fueron más frecuentes hasta convertirse en una realidad cotidiana.
Cada una de nosotras podemos promover el bienestar y alzar la voz contra la violencia doméstica desde nuestro ejemplo y experiencia de vida. Seamos la voz que se alza a favor de la otra forma de vivir.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Violencia económica... ¿miedo, ignorancia o costumbre?
“Hija, ya lograste terminar la secundaria y a partir de ahora ya no necesitas estudiar. Pagarte la escuela sería desperdiciar tiempo y dinero; eso déjaselo a tu hermano Miguelito, que aunque le cuesta más trabajo, a él le toca. Ahora lo único que tienes que hacer es preocuparte por encontrar un buen marido que trabaje y te mantenga y darnos a tu padre y a mí la satisfacción de ser abuelos. El éxito de las mujeres está en ocuparse de su marido y de su familia” -fueron las palabras que su madre dedicó a Irma el día que terminó la secundaria.
Rosario ganó un ascenso en su trabajo. Para festejar, invitó a su novio a cenar y cuando le dio la noticia, el noviazgo terminó pues para José Luis es muy difícil manejar una situación en la que su mujer gane más dinero que él. Sin embargo, él está dispuesto a regresar con ella cuando se le pase “la novedad” y comprenda que es mejor para “ambos” que no acepte el ascenso pero tengan una relación feliz.
Los sábados son días complicados para Marilú; se levanta muy temprano para ir en metro y llevar a los niños con su madre quien vive al otro lado de la ciudad y se los cuida mientras va a la universidad. De regreso, luego de dos peseros distintos y más de dos horas de recorrido, los recoge y se va a la comida semanal que se organiza en casa de su suegra, donde Pedro la espera luego de jugar futbol en el parque de la colonia y haber lavado el carro que Marilú está pagando desde hace dos años pero que él “necesita” para llevar a sus amigos de regreso a casa después del partido.
Una y otra vez podemos escuchar historias semejantes en las que la violencia económica es ejercida sobre muchísimas mujeres. Como amenaza, como limitación o como ejercicio del poder sobre ellas y, en consecuencia, deteniendo su desarrollo o deteriorando su condición de vida.
Ahora bien, siempre pueden cambiarse estas condiciones. Por ejemplo, negociando, estableciendo límites con la pareja y con la familia, comunicando claramente lo que se quiere pero también lo que estás dispuesta a hacer o no por los demás.
Todos los días millones de mujeres aportan al progreso institucional, empresarial y familiar y no hay ninguna razón por la cual pensar que debamos elegir entre una u otra como única actividad. Todas son labores compatibles siempre que se comprenda que deben ser compartidas y que el hecho de trabajar, estudiar o dedicarse al hogar es una decisión libre y responsable.
En la medida que cada mujer se valora a sí misma y a lo que hace, transmite a quienes la rodean el gusto, la importancia y el amor por sus acciones provocando así la otra forma de vida: sin ser víctima de la violencia económica se transforma la visión equivocada de quienes por miedo, ignorancia o costumbre la juzgan condicionan o limitan.
Rosario ganó un ascenso en su trabajo. Para festejar, invitó a su novio a cenar y cuando le dio la noticia, el noviazgo terminó pues para José Luis es muy difícil manejar una situación en la que su mujer gane más dinero que él. Sin embargo, él está dispuesto a regresar con ella cuando se le pase “la novedad” y comprenda que es mejor para “ambos” que no acepte el ascenso pero tengan una relación feliz.
Los sábados son días complicados para Marilú; se levanta muy temprano para ir en metro y llevar a los niños con su madre quien vive al otro lado de la ciudad y se los cuida mientras va a la universidad. De regreso, luego de dos peseros distintos y más de dos horas de recorrido, los recoge y se va a la comida semanal que se organiza en casa de su suegra, donde Pedro la espera luego de jugar futbol en el parque de la colonia y haber lavado el carro que Marilú está pagando desde hace dos años pero que él “necesita” para llevar a sus amigos de regreso a casa después del partido.
Una y otra vez podemos escuchar historias semejantes en las que la violencia económica es ejercida sobre muchísimas mujeres. Como amenaza, como limitación o como ejercicio del poder sobre ellas y, en consecuencia, deteniendo su desarrollo o deteriorando su condición de vida.
Ahora bien, siempre pueden cambiarse estas condiciones. Por ejemplo, negociando, estableciendo límites con la pareja y con la familia, comunicando claramente lo que se quiere pero también lo que estás dispuesta a hacer o no por los demás.
Todos los días millones de mujeres aportan al progreso institucional, empresarial y familiar y no hay ninguna razón por la cual pensar que debamos elegir entre una u otra como única actividad. Todas son labores compatibles siempre que se comprenda que deben ser compartidas y que el hecho de trabajar, estudiar o dedicarse al hogar es una decisión libre y responsable.
En la medida que cada mujer se valora a sí misma y a lo que hace, transmite a quienes la rodean el gusto, la importancia y el amor por sus acciones provocando así la otra forma de vida: sin ser víctima de la violencia económica se transforma la visión equivocada de quienes por miedo, ignorancia o costumbre la juzgan condicionan o limitan.
viernes, 16 de octubre de 2009
¿Ya empezaste a comunicarte contigo misma? ¡Trabaja en tu autoestima!
La otra forma de vivir -esa que reconocemos en algunas mujeres afortunadas y que por alguna extraña razón pensamos que nosotras no merecemos, que no es real, que sólo le sucede a las suertudas, en pocas palabras, que la pueden tener todas menos tú- empieza a suceder cuando nos valoramos y nos vemos al espejo sin desear que se rompa en mil pedazos. Cuando te permites sentir que cada una de tus faenas es valiosa por que tú las realizaste; cuando decides escucharte para no ir en contra tuya y ya no prestas oído a lo que te duele ni a lo que, desde afuera, otros dicen que quieren cambiar en ti.Pensemos en todo lo que implican nuestras labores, en lo mucho que les dedicamos a los otros a lo largo del día (y de la noche) y valoremos desde este momento cada acción pues lo más importante que hay en nuestras vidas somos nosotras mismas: sin nosotras nada de eso ocurriría.
Pudiera parecer extraño pero si aún no lo has intentado, ¿qué tal empezar por hablarte y comunicarte contigo? Sí, eso de escucharnos y hablarnos a nosotras mismas no es “cosa de locas”. Se trata de poner mucha atención a lo que nuestra voz interior nos grita y a la que no hacemos mucho caso. Esa voz nos ha dicho en varias ocasiones que algo no está bien, pero generalmente la ignoramos y terminan siendo otros quienes, desde afuera, nos dicen lo que está bien o mal, sin ponerse realmente en nuestros zapatos. El ensayo y el error son la parte emocionante de ponernos a prueba, pero si decidimos hacerle caso a los demás, nos perdemos la oportunidad de saber si teníamos o no la razón y será más fácil encontrarnos sintiendo frustración y enojo.
Pero cuidado, si fallas, tampoco seas demasiado dura contigo: Apapáchate y dedícate los minutos que quieras al día para reflexionar, disfrutar y dejar de lado tus temores, angustias y reclamaciones.
¿Qué tal si empezamos a pensar y a hacer las cosas de manera diferente? Vamos a dejar de comprarnos ideas y malas interpretaciones como eso de que pensar en nosotras mismas es egoísmo; que eso de ver por ti antes que por tus hijos, tus padres, tu pareja, tu jefe o tus amigos es de muy mal gusto o incorrecto. En realidad no es así. Si quieres ayudar, cuidar de alguien, amarlo o hacerlo feliz no podrás lograrlo si no empiezas por ti. Podrás ofrecer mucho más cuando hayas podido darte a ti en primer lugar y no dejarte al último. Imagínate, si no decimos lo que queremos (porque nos da miedo, vergüenza, o por cualquier otra razón), esperando que nos adivinen el pensamiento, los deseos o las necesidades (y entonces será mejor esperar sentadas), si nosotras no nos lo damos ¿por qué otros tendrían que hacerlo?
Colmarte de lo mejor de la vida, de ese amor incondicional y pleno es: la otra forma de vivir.
¡Vamos a Intentarlo!
viernes, 9 de octubre de 2009
El autoconocimiento, un viaje hacia la infancia...
Presentes o ausentes papá y mamá son los referentes que nos marcan para ser, hoy por hoy, lo que somos: consentidas, demandantes, dependientes, autónomas, seguras ó temerosas en la forma de establecer relaciones con una pareja sentimental.
Si algo de esto te choca ¿será que te checa?
A veces sucede que reconocemos algo que nos disgusta (por ejemplo, que el galán nos deje plantadas para ir al cine), pero no establecemos un límite claro para que no vuelva a suceder y por el contrario, sin darnos cuenta, provocamos que se repita (aunque sea tardísimo hacemos lo posible por verlo olvidando que nosotras queríamos ir al cine).
La indiferencia, la agresión o la sobreprotección, vividas durante la infancia, se repiten en nuestra vida adulta porque son como el molde en el que ya la forma está dada y, sólo lo que coincide con esa forma es lo que experimentamos una y otra vez pues es lo que conocemos. ¿Alguna vez has pensado que más vale alguien malo por conocido…?
A través de nuestras historias nos vamos llenando la cabeza de falsas explicaciones y el corazón de acciones ilógicas que nos mantienen (con alfileres) en relaciones que realmente no deseamos: necesidades de reconocimiento, de afecto, de compañía; la necesidad económica o cualquier otra y, la verdad, es que necesitamos estar muy alertas ante estos “argumentos” (por no decir pretextos) que nos mantienen en esa relación pues en el fondo, y algunas veces sin notarlo, nos hace sentir mal. Las necesidades generalmente se convierten en ganchos que embonan perfecto con la dependencia.
Durante la infancia el temor al abandono se combate con buenos comportamientos, con dar lo que se espera para no sufrir rechazo, con no expresar sentimientos para no provocar enojo o simplemente buscando la forma de agradar para que no te hagan a un lado. ¿Alguna vez te dijeron que calladita, te veías más bonita?
Cuando se ha crecido en un ambiente en el que la responsabilidad por una misma se delega (pues hay que ver primero por los otros), y se compra la idea de que sufrimiento, enojo, impulsividad o cualquier reacción de los demás es consecuencia de lo que tú haces o dejas de hacer, entonces, no es difícil entender que la sumisión promueva el miedo a actuar, a tomar decisiones, a enfrentarse a la vida pues cualquiera de estas acciones, muy probablemente, tendría como fin terminar con la relación que (aparentemente) hasta ahora y para ti, da sentido a tu vida.
La otra forma de vivir es empezar por descubrir tu propia historia, entenderte y amarte tal como eres. Lo que tú no hagas por ti, nadie más lo ha hecho ni lo hará en tu lugar.
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