Existen diferentes formas de reaccionar a situaciones que comprometen nuestra estabilidad pero no todas son adecuadas. Incluso desde pequeños, hay cierta predilección por uno u otro.
Por ejemplo, pensar que el silencio, la pasividad y la no acción sirven para evitar problemas o que tu agresor se enojará menos o que así no habrá conflicto, no es más que un mito basado en el miedo y la sumisión.
Es muy importante entender que el momento en el que empieza la agresión, es decir, en el momento en que otra persona nos pone en una situación incómoda en la que nos hace sentir mal porque se burla de nosotros, nos insulta o ignora o en la que, con actitudes amenazantes como alzar las manos o gritarnos nos intimida y nos hace sentir miedo tenemos que actuar de manera inmediata y decidida. No es adecuado quedarte callada, tu silencio no pone un alto al maltrato (tampoco desear hacerte chiquita para desaparecer funciona) y, por supuesto, negar la situación no aporta ninguna solución al problema.
Con una persona enojada es prácticamente imposible entablar un diálogo; mejor ponte a salvo, el hecho de permanecer ahí, aunque sea calladita, sigue representando una especie de tiro al blanco al cual atacan implacables los dardos de tu agresor. No permitas que el miedo te paralice. Si estás en tu casa, cambia de habitación, da la vuelta y si te es posible sal a la calle y busca alguna persona que te pueda ayudar en ese mismo momento. Si te encuentras fuera de casa y una escena desagradable comienza: apártate y busca un sitio concurrido donde no estés sola. Al primer indicio de una conducta que tú juzgues inadecuada pon un alto inmediato. La pasividad igual que el silencio pueden incluso fomentar la conducta de tu agresor pues éstas le hacen sentir que es capaz de dominarte.
Mira, éstas son las palabras de una mujer que se describe a sí misma tiempo atrás, cuando vivió en una relación destructiva:
“Mi boca servía para comer, mis manos para servir y mi cuerpo para ser golpeado. Aunque intenté hablar con mi boca, cada palabra que salía de ella era motivo de burlas, descalificaciones y en el mejor de los casos de una indiferencia total. Yo podía pensar porque eso si no me lo pudo prohibir jamás, pero preferí siempre guardar silencio para que él no se enojara. De todas formas no sabía qué decirle. Llegó un momento en que por las tardes, al mirar el reloj y ver que ya eran cerca de las seis de la tarde, mis manos comenzaban a sudar: un dolor como de vacío me daba en la boca del estómago y cualquier cosa que estuviera haciendo se quedaba sin terminar. Yo dejaba todo con tal de esperarlo con una sonrisa y toda la casa perfecta para él, pero el miedo nunca desaparecía porque me era imposible saber de qué humor llegaría a casa. Dejaba todo y lo esperaba linda, sonriente y con todo listo para recibirlo aunque nada aseguraba que él no me agrediera porque sobre la mesa del comedor no había suficientes servilletas”.
Poner en palabras lo que piensas y lo que sientes te va dando tu propio lugar frente a ti misma y a los demás. No te permitas pensar que alguien –el príncipe azul, tu mejor amigo o tu papá-, va a venir a salvarte cada vez que estés en una situación difícil. La primera que debe hacerse cargo de ti eres tú. No lo olvides.
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viernes, 11 de diciembre de 2009
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